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Solos y Solas en Argentina

Los censos de población indican que, en la Argentina, cada vez son más las personas sin pareja. Pero detrás de este auge de los singles hay algo más que números. Como lo explican los expertos y los propios implicados, la multiplicación de los solos y solas no habría sido posible sin el desarrollo de una serie de cambios culturales que reivindican la autonomía y el espacio personal de los individuos. Cambios que han propiciado, a su vez, que la soltería haya dejado de ser un estigma social para convertirse en una alternativa más.
En todas las sociedades desarrolladas, los solos y solas se han convertido en un fenómeno social de creciente importancia. Paradójicamente, las interacciones entre solos son permanentes, e incluso invasivas, pero una gran cantidad de personas experimenta un doloroso sentimiento de aislamiento. Y al mismo tiempo, muchas otras toman la decisión de vivir solas. Esta realidad es fruto de una profunda mutación en las relaciones entre hombres y mujeres, que aún no ha llegado a su fin.
Aunque diversas en sus circunstancias y expectativas, la condición de solas y solas tiene bastante en común. En parte porque ambas dan cuerpo a las estadísticas que indican que cada vez son más las personas desparejadas y las que viven solas en la Argentina, y, sobre todo, porque ambas prueban con su actitud desacomplejada y su espíritu positivo que, frente a prejuicios de distinto pelaje, el hecho de estar soltero –o single o desemparejado o como quiera llamársele a ese estado– hace tiempo que está dejando de ser un motivo para sentirse menos que el vecino. O, como dice la sociólogía, los solos y solas “están dejando de ser un estigma social para convertirse en una alternativa más”.
Antes que nada: ¿cuáles son esas estadísticas? De acuerdo con las cifras aportadas por la cátedra de Demografía Social de la UBA, en los datos referidos a los censos de población se puede observar un significativo descenso entre la proporción de hombres y mujeres que en la Capital Federal convivían en pareja en 1980 y los que lo hacían veintiún años más tarde. Es un indicio que avala la existencia de un auge de los solos y solas“en sentido amplio” –esto es, la situación en la que se encuentran las personas no casadas, separadas o divorciadas–, pero no es el único. También cotejando los números de los censos –en este caso, los de 2001 con los de 1991– se puede comprobar que entre los porteños, tanto en el grupo de mujeres como en el de hombres, las proporciones de personas que viven solas van creciendo con los años. En el nivel nacional, se ve que, entre 1991 y 2001, el porcentaje de personas solteras, divorciadas/separadas y viudas pasó del 42 al 45,3 por ciento.
Habrá quien repare, con toda la razón del mundo, que del hecho de que la gente se divorcie o el que viva sola no se puede deducir directamente que esa gente no esté compartiendo su vida en alguna otra versión distinta del matrimonio: a través de un noviazgo convencional, por ejemplo, o en esa modalidad que se conoce como relación con “cama afuera”. Lo que sucede es que, en un país tan falto de cifras como la Argentina, el acercamiento a un fenómeno como el de los solos y solas –soltería en sentido laxo: la circunstancia de estar solo, o más o menos solo; descartando en cualquier caso un compromiso de pareja formal– debe hacerse por aproximación y con riesgo de inexactitud. O para que se entienda mejor: cruzando algunas de las cifras que ofrecen las estadísticas con la percepción que comparten tanto los expertos como los ciudadanos de a pie de que, “poco a poco la gente está pasando más tiempo de su vida adulta como solos y solas”.

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